Tenía un solo deseo. Y lo desperdició.
Por Pastor Miguel Montoya
Domingo 4 de octubre de 2026 · 10 min de lectura
Antes de leer la historia, una pregunta.
¿Te acuerdas del cuento de Aladino y la lámpara maravillosa? El genio concedía tres deseos. Ahora quédate con esa imagen y mira lo que pasa en Mateo 20.
La madre de Santiago y de Juan se acerca a Jesús con sus dos hijos, se arrodilla respetuosamente y le pide un favor. Y Jesús le pregunta: ¿cuál es tu petición?
Esta mujer no despertó al genio de la lámpara. Despertó el corazón y los oídos del dueño del universo. Y no tenía tres deseos: tenía uno. Un solo tiro.
¿Qué crees que pidió? ¿Que su familia y sus generaciones nunca se apartaran? ¿Que el enemigo no trajera tentación a sus hijos? ¿Una sanidad para su madre convaleciente?
No. Pidió que sus hijos fueran grandes. Que en el reino, uno se sentara a la derecha y el otro a la izquierda.
Qué desperdicio de tiro.
Y esa mujer no es un caso raro. Refleja el corazón de una sociedad en la que todavía vivimos, dos mil años después.
Qué es el modelo de la grandeza
Es el deseo que tenemos de forma natural de querer ser superiores a los demás. De ser siempre el primero, de ganar siempre, de estar en la cima de la montaña.
Y nos empujan a eso desde chiquitos. Mira a un grupo de niños de dos o tres años: ya están compitiendo por quién se queda con el mejor juguete del cuarto, el más colorido, el que hace los ruidos más bonitos.
Después crecemos y seguimos igual, pero con otros juguetes. Quién maneja mejor carro. Quién vive en la casa más grande. Quién publica mejores viajes. Y cuando uno se casa, siempre va a aparecer alguien que se acerca a medir quién tiene mejor matrimonio, quién tiene mejores hijos, a quién le va mejor en la vida. ¿Y cómo les va a tus hijos? Ah, pues los míos van mejor que los tuyos.
Ese sistema de competencia carcome a las personas que se enganchan.
El dinosaurio de plastilina
Les voy a contar por qué yo nunca me enganché, porque no fue mérito mío.
Cuando era pequeño tenía un primo de mi misma edad y la pasábamos muy bien. Jugábamos sin sentido de competencia: eran juegos inocentes para divertirnos. Pero él tenía dos hermanos mayores, de unos catorce y dieciséis, y ellos nos ponían a competir en todo: uno de cada lado en el fútbol, cinco penales cada uno a ver quién metía más.
Una vez nos pusieron guantes de box. En México el box es muy popular y los guantes se consiguen en cualquier lado. Teníamos ocho años. Yo no era peleonero ni se me daban los golpes, pero por instinto me tuve que defender, y le di duro a mi primo. Y sus dos hermanos mayores se enojaron, me agarraron a mí y le gritaban a él: ¡pégale, pégale! Yo estaba solo en esa casa, sin un hermano mayor, sin mi papá, sin nadie de mi lado.
Desde entonces nunca me gustó competir. No le encontré pasión ni le vi beneficio.
Y había algo más. Yo era el típico niño que olfateaba la competencia en la escuela. La detectaba a distancia. Prefería tener amigas antes que competir con otro niño, porque ellas no querían competir conmigo.
Si yo me ponía a hacer un dinosaurio de plastilina, me gustaba hacerlo solo, porque lo iba a disfrutar. Y si otro niño llegaba con su plastilina, se sentaba y me preguntaba qué estaba haciendo: un dinosaurio. Ah, yo también voy a hacer uno. Ahí se me arruinaba, y yo dejaba de hacer el mío. Que lo hiciera él solo. ¿Para qué vas a hacer un dinosaurio si ni se te había ocurrido, si lo empezaste solo porque yo estoy haciendo uno, para después decirme que te quedó mejor?
Yo huía de eso desde chiquito.
El espíritu de grandeza
Y le doy gracias a Dios, porque con los años aprendí a llamarlo por su nombre: el espíritu de grandeza.
Es la persona que siempre quiere ser mejor que los demás. Es la persona que trata de brillar opacando la luz de otros. Es la que, como no tiene llamado ni visión propia, se dedica a ver qué está haciendo otro para empezar a hacer lo mismo y demostrarle que ella lo hace mejor.
Y es destructivo. Hay gente que pasó años persiguiendo llegar a esa cima para poder voltear hacia abajo y decir: mírenme, yo sí lo logré.
Ella ya había escuchado la enseñanza
Y aquí está el detalle que vuelve la historia todavía más incómoda.
Unos versículos antes, esa misma mujer había escuchado a Jesús enseñar precisamente sobre esto. Estaba ahí, en la misma caminata. Y aun así vino a pedir grandeza para sus hijos.
Lo que había escuchado era esto. El reino de los cielos se parece al dueño de un viñedo que salió a las nueve de la mañana, encontró jornaleros y los contrató por el salario de un día. Salió otra vez al mediodía, y a las tres de la tarde. Y a las cinco, cuando faltaba una hora para terminar la jornada, salió de nuevo, encontró a unos que nadie había contratado, y los mandó a trabajar esa última hora.
A la hora de pagar empezó por los últimos, los de una sola hora, y les dio el salario completo de un día.
Los que llevaban nueve horas trabajando, formados atrás, se frotaban las manos: si por una hora les pagó un día, a nosotros nos van a pagar nueve.
Y recibieron exactamente lo mismo que habían acordado. El salario de un día.
Ahora fíjate en lo que pasó por dentro. Antes de esa escena, esos hombres estaban satisfechos y contentos con lo pactado. Me los imagino trabajando, silbando, cortando las uvas. Pero cuando vieron el resultado de los otros, se les arruinó el corazón.
Y tuvieron el descaro de reclamarle al dueño: nosotros estuvimos todo el día bajo el sol intenso. Y él les respondió: ¿no es esto lo que acordamos? ¿Acaso está en contra de la ley que yo haga lo que quiero con mi dinero? ¿Te pones celoso porque soy bondadoso con otros? (Mateo 20:15, NTV).
Hazte esa pregunta con honestidad. ¿Te pones celoso cuando a tu hermano le va bien, o celebras sus triunfos? ¿Celebras, o te pones a competir para demostrarle que tú vas a lograr más?
Porque si a este Dios le dio el don de profetizar, ¿a ti qué? Si a este le dio el llamado de pastorear, ¿a ti qué? Si a este le dio la voz para cantar, ¿a ti qué? ¿Ahora somos nosotros los que decidimos cómo reparte el rey sus dones?
«Entre ustedes no será así»
Volvamos a la madre. Jesús le responde que no sabe lo que pide, y les pregunta a los hijos si pueden beber de la copa amarga que él está a punto de beber. Y ellos contestan que claro que sí, que pueden.
Jesús les estaba diciendo que hay un precio que pagar. Pero a las personas bajo ese espíritu no les importa el precio. Están dispuestas a lo que sea para llegar allá arriba.
Y cuando los otros diez discípulos se enteraron de lo que habían pedido Santiago y Juan, se indignaron. Pero no por la petición en sí: se indignaron porque ellos también querían ser los primeros.
Entonces Jesús los reunió a todos y les dijo que los gobernantes de este mundo tratan a su pueblo con prepotencia y los funcionarios hacen alarde de su autoridad. Y después dijo la frase que rompe el sistema completo: pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder deberá ser sirviente, y el que quiera ser el primero deberá convertirse en esclavo. Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:26-28, NTV).
Ni él, que es el jefe del universo, vino a presumir de lo que era.
Y ahí Jesús agarra la hoja con las reglas del juego y la hace pedazos.
La única competencia que fomentó
Imagínate que en tu casa tu esposa y tú compitan — pero no por ver quién es mejor, ni quién viene de mejor familia, ni quién era el pobre y quién el rico. Que compitan por ver quién sirve más al otro.
Esa es la única competencia que Jesús vino a fomentar. ¿Tú sirves más o sirves menos? Eso es todo. De grandeza no habló.
Y conviene nombrar algo más, porque también existe: la falsa humildad. Esa mujer se arrodilló para pedir. Hay gente que se presenta como sencilla y humilde y en realidad carga un espíritu de grandeza que ni ella misma se aguanta.
Por qué Jesús lo vino a destruir
Porque la persona que está bajo ese espíritu queda dominada por cosas que parecen pequeñas y destruyen una vida entera: los celos, la envidia, la codicia, la avaricia.
Y de ahí sale la frase que resume todo el mensaje: la gente sufre no por lo que Dios le ha dado, sino por lo que otros han recibido de Dios.
Esos jornaleros no perdieron nada. Recibieron exactamente lo que habían pactado. Lo único que perdieron fue el gozo, y lo perdieron al voltear a ver el sobre del de al lado.
Y hay un final todavía más triste. Hay quienes se esfuerzan, trabajan y pelean por llegar allá arriba, y cuando por fin llegan se dan cuenta de que dejaron atrás su matrimonio, sus hijos y su tiempo. Con la vida escurriéndoseles de los brazos, al final de la carrera, concluyen: no valía la pena. Debí haberle hecho caso a Jesús, que dijo que entre nosotros no sería de esa manera.
Porque además es una carrera que no se puede ganar. Siempre que trates de ser grande, aparecerá otro más grande.
Y hay otra razón, que yo escuché de mi padre cuando era muy jovencito, y que se me quedó grabada: el corazón nunca se sacia. Hay quien dice cuando compre mi casa, ahí sí me tranquilizo. Y compra la casa y no se tranquiliza. Es que cuando compre la segunda y la pueda rentar... Tampoco. La Biblia dice que el corazón es más engañoso que cualquier otra cosa, y no se llena nunca.
Tu tarea de esta semana
Si Jesús te preguntara hoy ¿qué quieres que haga por ti?, no desperdicies el tiro.
No vengas a pedir grandeza. Ven a decirle lo que de verdad necesitas: tu salud, tu trabajo, tu provisión. Que guarde a tus hijos y aleje de ellos las drogas y las tentaciones por las que están pasando. El trámite legal en el que te encuentras. Lo que sea, pero que sea verdad.
Y después pídele algo más: que te revele su encomienda para ti, no la de otro.
Señor, si yo soy ese jornalero que llegó a las nueve de la mañana, bendito seas: si me toca trabajar más que el resto, es porque me diste los dones y las habilidades para hacerlo. Aquí estoy. Y si soy de los que llamas a las cinco de la tarde, qué bienaventurado soy. Gracias también.
Y llévate esta imagen. Si estás construyendo un castillo —o un dinosaurio de plastilina— y alguien se acerca a ver qué estás haciendo y a preguntarte cuánto llevas, casi nunca es para aplaudirte. Es para ver cómo lo destruye, o cómo construye uno mejor.
Construye por la satisfacción de lo que eres en Cristo. No para poder decirle a nadie: yo sí pude.


