Planeamos a cinco años. ¿Y la eternidad?
Por María Alejandra y Juan David
Domingo 27 de septiembre de 2026 · 12 min de lectura
Hay que confesar algo de entrada: los temas del fin de los tiempos y del regreso de Jesús llegan a generar mucha ansiedad. Uno lee «¡ay de la que esté embarazada!» y piensa: ay no, eso es para mí. Y aparece el temor. ¿Qué va a pasar con mis hijos? ¿Con mi esposo? ¿Con mis chiquitos?
Pero en oración uno puede encontrar otra perspectiva, y decir: no voy a recibir esta información como algo que me genere miedo, sino como algo que me genere expectativa. Porque lo desconocido da temor. Cuando uno nunca ha estado en un sitio, cuando nunca ha hecho algo por primera vez, esa falta de conocimiento contribuye al miedo.
Y esa es justamente la razón de este mensaje.
Una gotita y un océano
Mira: la vida es chiquitita en comparación con la eternidad. La vida es una gotita de un gotero, y la eternidad es el océano.
Nosotros siempre nos proyectamos. Al comienzo del año hacemos la visión de aquí a cinco años, de aquí a diez. Y esa visión nos da el motor para trabajar: si alguien quiere cambiar de carro, buscar otro trabajo, lo que sea, empieza a moverse en función de eso.
Pero la visión del cielo casi siempre la tenemos muy borrosa.
Y si la vida es una gota y la eternidad es el océano, ¿por qué no le dedicamos un poquito más de tiempo a buscar claridad sobre lo que viene? Porque para allá vamos. Y quizá ahí encontremos pistas de en qué cosas deberíamos estar trabajando aquí.
Si preguntáramos «¿cómo es el cielo?», cada quien tendría una idea distinta. Uno vio un video que decía una cosa. A otro su abuelita le contaba que San Pedro abría las puertas. Así que vamos a ver qué dice la Biblia, que es de donde sale todo esto.
1. Vas a seguir siendo tú
En Lucas 16:22 aparece un hombre que muere y es llevado junto a Abraham, y lo reconocen como Abraham — un hombre que había vivido miles de años antes.
Eso nos enseña algo: vamos a seguir siendo nosotros mismos, pero con un cuerpo glorificado. Este cuerpo natural muere y queda en la tierra, pero el alma y el espíritu trascienden. No es que allá nos convertimos en una lucecita que se va flotando al infinito y se junta con otras luces, ni que reencarnamos en otra persona o en un animal. Vas a seguir siendo tú. Te vas a acordar de ti mismo.
Y eso nos hace entender otra cosa: que Dios puso eternidad en nosotros desde el vientre de nuestra madre. Ya estamos viviendo nuestra eternidad; simplemente es de este lado.
Pero con un cuerpo glorificado. El que usa lentes ya no los va a necesitar. El que tiene una cicatriz de un accidente, ya no. El que se levanta todos los días con un dolor distinto, tampoco. Como dice la canción, en el cielo no hay hospital.
Aquí conviene una advertencia honesta. En la preparación de este mensaje revisamos muchos testimonios de personas que estuvieron clínicamente muertas unos minutos y regresaron contando lo que vieron. Algunos detalles coinciden con lo que dice la Escritura. Pero que quede claro: eso son testimonios, no es la Biblia. No vaya después alguien a decir «Juancho dijo que la Biblia dice». Lo que la Biblia afirma es lo que estamos leyendo aquí; lo demás son relatos de personas.
2. La eternidad no se parece a la soledad
En 1 Tesalonicenses 4:13-18 Pablo escribe para que no nos entristezcamos como los que no tienen esperanza, y dice que cuando Jesús vuelva, Dios traerá junto con él a los creyentes que hayan muerto.
No vamos a estar solos. Vamos a estar rodeados de quienes amamos.
Y esto merece que uno se detenga, porque la separación es de las cosas que más duelen en el alma. En un velorio, el que oficia siempre comparte la esperanza de la vida eterna, y en ese momento lo pensamos. Pero después salimos otra vez a los afanes, y cuando volvemos a acordarnos, nos entristecemos.
Ahora, que no estamos despidiendo a nadie, vale la pena decirlo con calma: vamos a volver a ver al abuelo, al papá, a la mamá, al hermano, al hijo. Y no habrá una segunda despedida. Y no lo vamos a recordar como fue la última imagen que tuvimos de él, en esa camilla, bajito de peso, flaquito por las medicinas y por el tratamiento largo. Lo vamos a ver en su cuerpo glorificado, y lo vamos a poder abrazar. Y en esas conversaciones, el reloj ya no va a ser un limitante.
Y hay algo que quizá muy poca gente dice en voz alta. Para muchas mujeres ha sido muy doloroso sufrir una pérdida, a veces varias, y sienten que ese fruto aquí no se dio. Nosotros también pasamos por eso antes de tener a nuestros dos hijos. Y pensar que allá está nuestro hijo, jugando con Jesús, y que algún día nos vamos a reencontrar, es una esperanza muy hermosa. Dios transforma la muerte en vida.
3. Cosas que nadie se ha imaginado
Dice 1 Corintios 2:9 que ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado y ninguna mente ha imaginado lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman. Y Pablo mismo cuenta en 2 Corintios 12 que fue llevado al paraíso y oyó cosas tan increíbles que no pueden expresarse con palabras.
Piénsalo así. ¿A cuántos les gusta ir a la playa y desconectarse? Uno está frente a esa inmensidad y siente una paz enorme. O los que prefieren la montaña y el frío, y sienten ahí la majestuosidad de lo creado. Anoche había una superluna y todo el mundo mandaba fotos, y se veían impresionantes.
Si este mundo material es así de asombroso, ni te imaginas lo que Dios preparó.
Muchos de los que cuentan estas experiencias dicen lo mismo: quisiera contarles todo, pero las palabras no me alcanzan. Y algo que se repite es que allá los colores se ven más vivos y más profundos, como si aquí viéramos en blanco y negro y allá se nos abrieran los ojos a todo color.
Es parecido a esos videos de personas con problemas de audición que reciben un dispositivo y escuchan por primera vez en su vida la voz de su mamá, o una canción. Se ponen a llorar de la emoción. Así dicen que es allá: se te destapan los sentidos.
4. Habrá recompensas según lo que construimos
Este punto conviene leerlo despacio, porque es el que más nos toca hoy.
1 Corintios 3:12-15 dice que el que edifique podrá usar una variedad de materiales —oro, plata, joyas, y también madera, heno o paja— pero que el día del juicio el fuego revelará la clase de obra que cada constructor haya hecho. Si la obra permanece, recibirá recompensa. Si se consume, sufrirá pérdida: se salvará, pero como quien apenas escapa atravesando un muro de llamas.
O sea que todas nuestras obras van a pasar por el fuego. Las que tienen impacto eterno son las de oro y piedras preciosas; las infructuosas quedan quemadas.
¿Y qué es lo que hacemos todos los días? Nos esforzamos, nos matamos, y somos negligentes justo con lo eterno: con la oración, con buscar a Dios, con su palabra.
Porque es de oro la oración que nadie escuchó, esa con la que intercediste por alguien en secreto. Es de oro el servicio que hiciste y que nadie te agradeció. El dinero que enviaste porque Dios te movió a suplir una necesidad. La persona que visitaste en el hospital cuando nadie te vio, y le llevaste un poco de alegría.
Y déjame ponerlo de la manera más directa que se me ocurre. Si yo llego a mi casa y abro la puerta, ¿qué es lo único eterno que hay ahí? Si cae un fuego, se quema todo. Lo único eterno son mis hijos.
Y somos negligentes con lo eterno por estar persiguiendo lo que se quema.
5, 6 y 7: el banquete, la ciudad, y lo único que importa
Habrá un banquete. Isaías 25:6 dice que el Señor preparará un maravilloso banquete para toda la gente. Y Jesús mismo dijo en Mateo 26:29 que no volvería a beber vino hasta el día en que lo beba nuevo con nosotros en el reino de su Padre. Así que para los que andaban preocupados por si habrá pupusas, tacos o un buen asado: parece que sí.
Y es un lugar real. Apocalipsis 21 habla de un cielo nuevo y una tierra nueva, y de una ciudad santa —la nueva Jerusalén— que desciende desde la presencia de Dios. No es que uno se murió y quién sabe para dónde fue. La Biblia le pone nombre.
Y aquí va un dato que quizá no sabías: esta iglesia no se llama legalmente Iglesia de Georgia. Se llama Iglesia Nueva Jerusalén. Antes fue Iglesia de Gwinnett, después Iglesia de Georgia, pero el nombre original es ese. Le preguntamos al pastor por qué lo eligió, sin contarle que íbamos a hablar de esto, y contó que lo soñó: vio una bandera azul con blanco y tres pescaditos, dibujó eso, y vio ese nombre. Los tres pescaditos eran el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y después añadió algo más: que Nueva Jerusalén también fue porque ese es el lugar donde sabe que va a habitar todo el que sea alcanzado por el mensaje de Jesús.
Y ahora la séptima, que es la que importa.
Apocalipsis 21:23 dice que la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su luz. Apocalipsis 22:5 repite que no habrá más noche ni harán falta lámparas. E Isaías 60:19 lo dice igual: el Señor será tu luz perpetua.
¿Qué nos están diciendo esos versículos? Que la luz allá viene de Dios. Él mismo es lo que alumbra, lo que armoniza, lo que determina la atmósfera del lugar.
Y de ahí sale la revelación: el cielo no es un lugar que contiene a Dios. No es que Dios esté en el cielo. Es que cuando vayamos, nosotros vamos a estar en Dios. El cielo es quien Dios es.
El evangelio no es un tiquete
Hemos hablado de cosas preciosas. Las mansiones, las calles de oro, el mar de cristal, la comida, el banquete. Todo suena muy bien. Suena, de hecho, como las vacaciones que siempre hemos soñado, esas de las que uno no tiene que regresar a la realidad y a la cuenta pelada.
Parece que estuviéramos describiendo un resort con todo pago: si te aburres del resort te montas en el crucero, si te aburres del crucero te vas al parque.
Pero el evangelio de Cristo no es un tiquete de vacaciones ni un plan de retiro. No es «allá me voy a retirar bien, sin achaques, sin tener que pintarme el pelo». Y muchas veces nos confundimos y pensamos que Jesús es el tiquete de entrada al lugar donde todo el mundo se quiere retirar.
No es así. El cielo mismo es Jesús. El cielo es la presencia de Dios.
Porque las otras cosas —las mansiones, las calles, así sean de oro o de cristal— ya sabemos que no llenan. Lo experimentamos todos los días en el cansancio, en los golpes, en lo que nos defrauda. Las cosas no sacian. Solo su presencia, solo estar a los pies de Jesús, solo ver sus ojos: eso es el cielo.
Y aquí está la pregunta incómoda
Si de verdad vamos a seguir siendo los mismos allá que aquí, entonces tú ya estás viviendo tu eternidad, y en este instante ya estás marcando cómo va a ser.
Entonces decimos: «yo quiero ir al cielo para estar con Jesús y adorarlo por la eternidad». Pero de este lado nos cuesta estar concentrados en la alabanza. En la tercera canción ya andamos pensando cuándo se acaba. Levantamos los brazos y a los cinco segundos nos cansamos. Estamos en oración y al minuto ya estamos pensando en qué vamos a almorzar.
Si aquí nos cuesta adorarlo tres canciones, ¿cómo vamos a estar toda la eternidad dentro de su presencia?
Dios no nos va a forzar. No nos va a meter al cielo diciendo «usted no aguanta tres canciones allá en la iglesia, pero acá lo meto y no puede dejar de cantar». Allá tenemos que amar su presencia. Y eso se aprende aquí.
Tu tarea de esta semana
Aprende a amar su presencia, porque está accesible hoy.
Está accesible cada vez que te levantas, abres los ojos y le dices gracias por este nuevo día. Antes de dormirte. Cuando vas conduciendo. Cuando tu obediencia y tu manera de vivir se vuelven una alabanza constante allí donde nadie te ve, donde no haces las cosas pensando en si te descubren o no.
Ahí es donde está el cielo.
Y dile con tus palabras: Señor, no quiero que se desperdicie ni un solo instante. Todo lo que gaste trabajando para las cosas de este mundo pasa por el fuego y se quema. Pero cada instante que paso en tu presencia estoy construyendo en lo eterno.
Porque tú eres la recompensa. Tú eres el mayor tesoro. No es la plata, no es la estabilidad, ni siquiera es el cuerpo glorificado, ni siquiera es reencontrarme con mis familiares. Aunque me faltase todo, si te puedo ver a ti.
Predicado por María Alejandra Villegas y Juan David Villegas.


