El «de repente» de Dios no fue de repente
Por Pastor Miguel Montoya
Lunes 2 de noviembre de 2026 · 10 min de lectura
Muchas veces decimos que un milagro sucedió «de repente». Y casi siempre nos equivocamos: no nos damos cuenta de que hubo un trabajo antes de todo eso.
Hoy vamos a ver cómo sí hay una manera en que Dios acelera los tiempos y acorta los procesos.
Dos maneras de medir el tiempo
Para entenderlo hay que aceptar primero algo: nuestro tiempo es completamente distinto al tiempo de Dios.
Nosotros medimos en pasado, presente y futuro. Dios no. Su tiempo es eterno: él es el que no tuvo principio ni tendrá fin. No tiene pasado ni futuro. Él es el que es.
El griego tiene dos palabras para esto. Cronos es nuestro tiempo, el humano, el terrenal — de ahí viene «cronómetro». Y kairós es el tiempo de Dios.
Por eso el profeta nos recuerda que sus caminos son distintos a los nuestros.
Las cuatro etapas de la siembra
Naturalmente, sembrar y cosechar tiene etapas. Primero se ara la tierra, porque cuando está endurecida la semilla no echa raíces; hay que aflojarla. Después se pone la semilla. Después viene la espera, que normalmente son meses. Y al final se cosecha.
Ese proceso se puede acortar en el tiempo de Dios. Y eso significa algo muy concreto: si a nosotros nos tomó quince años alcanzar estabilidad financiera, a nuestros hijos no tiene por qué tomarles quince. Puede tomarles cinco, o tres. Si establecer una empresa nos tomó diez, a ellos les debería tomar menos.
Lo que dijo Amós
Mira este versículo, que es de los que vale la pena subrayar.
«Vienen días —afirma el Señor— en los cuales el que ara alcanzará al segador, y el que pisa las uvas al sembrador» (Amós 9:13).
Déjame explicarlo. Dios dice: vienen días en que los tiempos se van a acelerar tanto que el que está preparando la tierra va a estar alcanzando al que ya está cosechando. El que pisa las uvas va a alcanzar al que apenas está sembrando. Se acortan los procesos.
Y cuando Jesús vino a la tierra reafirmó exactamente lo mismo: ustedes conocen el dicho de que hay cuatro meses entre la siembra y la cosecha, pero yo les digo que despierten y miren a su alrededor, porque los campos ya están listos para la cosecha (Juan 4:35, NTV).
Naturalmente toma cuatro meses. Jesús dijo: abran los ojos, ya está lista.
Pero esto no es magia
Ahora la pregunta importante: ¿cómo sucede?
No sucede por arte de magia ni por cosas místicas. Sucede porque Dios tiene un derecho legal para hacerlo, y ese derecho se construye.
Todo lo que tú has hecho se está acumulando. Todas las lágrimas que has derramado. Los devocionales que has escrito. Las veces que has estado en la iglesia adorando. Esa cadena de oración en la que pensabas Dios no me escucha, no veo ningún resultado. Todo eso se está registrando en el archivo del cielo.
A Dios no se le escapa nada. Cuando sales temprano un domingo y manejas cuarenta minutos o una hora para llegar a la casa de Dios, él lo está viendo. Cuando levantas las manos aunque vengas con el ánimo por el suelo, él lo está acumulando.
Y con todo eso acumulado, Dios tiene derecho de irrumpir en tu tiempo presente y decir: mi hijo tiene todo esto acumulado, así que puedo entrar en su vida, acortar el proceso y acelerar el tiempo.
Eso que parece «de repente» es Dios apareciendo en nuestro presente con todo el derecho de hacerlo, sin violar una sola ley.
Isaac recibió lo que su padre acumuló
Hay una historia que muestra esto con claridad. Dios se le aparece a Isaac y le dice que lo va a bendecir en gran manera, que lo multiplicará y le dará todas las tierras que alcancen a ver sus ojos. ¿Y por qué razón? Porque su padre Abraham escuchó sus mandamientos y creyó en él.
Isaac tenía acumulado en su vida un peso de gloria que su padre había cosechado durante años. Lo que a cualquier otro le habría tomado décadas conquistar, a él le llegó de golpe.
Ahora imagínate lo mismo en tu casa. Estás orando por tus hijos. Estás orando por tu propia vida, por tus dificultades, por una enfermedad que llevas tiempo combatiendo. Has pedido sanidad, has buscado oración, has adorado con todo y el dolor en el cuerpo, has escrito promesas en tu libreta.
A veces piensas que no viene respuesta. Pero todo eso se está acumulando. Lo que a ti te tomó veinte años, a tu hijo puede tomarle tres o cinco, porque tú estás acumulando peso de gloria en el cielo con todo lo que haces.
«No nos cansemos de hacer el bien»
Así lo dice Pablo: los que viven solo para satisfacer los deseos de su naturaleza pecaminosa cosecharán destrucción y muerte, pero los que viven para agradar al Espíritu cosecharán vida eterna. Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos (Gálatas 6:8-9, NTV).
Y aquí quiero contarte algo de esta iglesia.
Hay dos muchachos que dan la milla extra. Son las siete de la mañana y ya están aquí, abriendo las puertas y conectando todas las computadoras. Nadie los ve. Ustedes todavía están roncando mientras ellos trabajan en un edificio vacío. El único que los observa es el pastor, en las cámaras.
Pero eso no es lo importante. Lo importante es que Dios está registrando todo eso en el cielo.
Y lo mismo con el músico que se prepara toda la semana en su casa para tocar un instrumento. Y con el que acomoda carros. Y conmigo cuando me preparo para traerles un mensaje y le pregunto: Dios, ¿qué quieres decirles a tus hijos? Si vinieras a visitarnos, ¿qué les dirías a las familias?
¿Tú crees que a él se le pasa de largo algo de lo que haces por su obra?
La gráfica que explica todo
Déjame ponértelo de manera visible, para que veas que esto no es místico.
En finanzas existe el interés compuesto. Su gráfica siempre empieza igual: crece poquito a poquito, casi imperceptible durante años, y de repente se dispara hacia arriba.
Si alguien hubiera puesto cien dólares a invertir hace cincuenta años y nunca los hubiera tocado, hoy serían miles. A los diez años casi no se notaba nada. Pero mira el final de la gráfica.
Y a ver, despierten, porque ya sé que varios se quedaron pensando qué tonto, hubiera puesto cien dólares. Vuelvan a lo espiritual, que de eso estamos hablando.
Lo que quiero que digas es otra cosa: todo lo que he invertido espiritualmente en mi vida, en mi matrimonio y en mis hijos está dando resultado, aunque no lo vea a corto plazo.
Ese es el «de repente» de Dios. Ese es el kairós apareciendo en el cronos. Tú crees que fue de golpe, pero en realidad llevó todo un proceso.
Y hay quien dice: es que ya oré mucho, pastor. ¿Cuánto es mucho? Un año. Un año no es nada. ¿Cómo se veía ese billete de cien a los diez años de invertido? Casi igual. El resultado se ve a largo plazo, y aparece de golpe.
Y ahora la parte incómoda del dinero
Ya que puse la gráfica, vale la pena decir lo otro.
Hay personas que acumulan fortunas enormes a lo largo de toda una vida, invirtiendo desde jóvenes, y llegan a los noventa años con millones. Y terminan viviendo en la misma casa que compraron hace treinta años, manejando el mismo carro, sin ropa de marca, y dejando todo a organizaciones porque no se lo pueden llevar.
Y uno se pregunta si al voltear hacia atrás no dirán: ¿y para qué hice todo esto?
Porque nadie voltea a ver a un anciano de noventa años en un carro deportivo. A esa edad ya no le despierta ninguna pasión.
De lo que nunca nos vamos a arrepentir
Hay algo de lo que nunca te vas a arrepentir: llegar a una edad avanzada, voltear hacia atrás y poder decir me invertí en mi matrimonio y pasamos tiempos increíbles. Me invertí en mis hijos y les dediqué tiempo cuando todavía podía tener su atención. Serví a mi comunidad a través de la iglesia donde eché raíces. Ayudé a otras personas a llegar a los pies de Cristo.
De lo eterno es de lo único que nunca nos vamos a arrepentir.
Y fíjate en esto, porque está probado: el dinero no es garantía para la siguiente generación. Muchos hijos de hombres ricos perdieron la fortuna de sus padres porque no recibieron valores ni principios, y porque nadie les enseñó el esfuerzo. Lo que sí pesa es lo que inviertas en lo eterno.
Y el tiempo pasa más rápido de lo que crees
Ayer, partiendo un pastel, hablaba con mi padre sobre lo rápido que pasa el tiempo.
Mi hija cumple veinticuatro años hoy. Un cuarto de siglo desde que me convertí en padre. Y apenas me acuerdo de cuando la cargaba. Tengo una foto de cuando tenía cuatro o cinco años: yo tirado en el piso haciéndole de caballito, recién llegado del trabajo, todavía con polvo en los lentes — en la foto se alcanza a ver el polvo.
Le pregunté a mi papá si sentía que había pasado mucho tiempo. Le dije que no, que sentía que fue apenas ayer. Y me contestó: «así es el tiempo».
Él anda por los sesenta y pico, y se acuerda como si fuera ayer de cuando tenía ocho años y se cayó de una barda de ladrillos y se quedó sin aire.
Te lo digo para que seas consciente. Estamos en el segundo cuarto de este siglo; el primero, del 2000 al 2025, ya se acabó. Y cuando alguien dice «me faltan cuarenta o cincuenta años», no sabe lo que está diciendo: cuarenta o cincuenta años son un abrir y cerrar de ojos, igual que estos veinticuatro.
No te lo digo para que te pongas triste. Te lo digo para que te alegres y digas: caramba, sí vale la pena invertirme en esto.
Tu tarea de esta semana
Siembra en las cuatro relaciones más importantes, en este orden:
Tu relación con Dios. Tu relación contigo mismo. Tu relación con tu esposo o tu esposa. Y tu relación con tus hijos.
Deposita dividendos ahí. Un devocional. Un rato de adoración. Servir en algo. Convertirte en líder de conexión. Tiempo real con tu pareja. Tiempo real con tus hijos, ahora que todavía puedes tener su atención.
Y si llevas meses orando por algo y no ves nada moverse —esa enfermedad, ese hijo perdido, esa situación que no cede— no le hagas caso a la voz que te dice que ya aceptes y dejes de orar.
Porque con esa oración no solo estás peleando por lo de hoy: es muy probable que también estés peleando por lo que quería venir sobre tus hijos más adelante.
Un año de oración no es nada. El resultado se ve a largo plazo, y cuando aparezca te va a parecer que fue de repente.
Pero no va a ser de repente.


