El trigo y la cizaña se ven exactamente iguales 0%
El trigo y la cizaña se ven exactamente iguales

El trigo y la cizaña se ven exactamente iguales

Por Pastor Miguel Montoya
Lunes 31 de agosto de 2026 · 10 min de lectura

Cerramos aquí la serie, y la cerramos con los dos capítulos finales: el último de Daniel y el último de Apocalipsis. Antes de leerlos, hay algo que conviene notar y que cambia cómo se leen. En los dos capítulos es directamente Jesús el que está hablando.

Daniel está haciendo un ayuno, a la orilla de un río, pidiéndole una respuesta a Dios, y aparece alguien a quien él describe como uno con apariencia de hijo de hombre, con el aspecto de una piedra preciosa y unos ojos resplandecientes. Está describiendo exactamente a la misma persona: a Jesucristo. Y es él quien le entrega el mensaje. Lo mismo ocurre con el apóstol Juan en Apocalipsis: es Jesús mismo dando las palabras finales.

Casi te puedo asegurar que nunca habías hecho un análisis del último capítulo de Daniel junto al último de Apocalipsis. Se parecen tanto porque vienen de una misma fuente.

Lo que Jesús le dijo a Daniel

En Daniel 12 dice que se levantará Miguel, el que hace guardia sobre la nación de los hebreos, y que entonces habrá un tiempo de angustia como no lo hubo desde que existen las naciones. Pero que en ese momento cada uno de los que tienen el nombre escrito en el libro será rescatado. Que se levantarán muchos de los que están muertos y enterrados, algunos para vida eterna y otros para vergüenza. Que los sabios resplandecerán como el cielo, y quienes conducen a muchos a la justicia brillarán como estrellas para siempre. Y después: mantén en secreto esta profecía, sella el libro hasta el tiempo del fin (Daniel 12:1-4, NTV).

Piensa en la escala de eso. Cuando los persas derrotaron a los babilonios hubo caos y angustia en la sociedad. Más adelante hubo otro caos cuando los griegos vencieron a los persas, y uno todavía más global cuando los romanos vencieron a los griegos. Y la Biblia dice que ninguno de esos episodios se compara con la angustia que vendrá al final. Será un caos total, y será global: todas las naciones lo experimentarán.

Pero Jesús da una esperanza en la misma frase: los que estén escritos en el libro de la vida no padecerán esos dolores.

Y ahí está la pista del rapto. Fíjate en el orden de lo que dijo: muchos de los que están sepultados se despertarán, y los que están escritos no pasarán por esa angustia. Es decir, esa resurrección ocurre antes del tiempo de angustia. Y lo que Jesús dejó como pista, el apóstol Pablo lo explica después: cuando resuciten esos muertos, los que estemos vivos seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos y seremos llevados con ellos.

Porque los creyentes no estamos puestos para vivir la ira de Dios sobre la tierra. Toda esa angustia es juicio, y el juicio nuestro ya cayó sobre Jesucristo en la cruz. Por lo tanto no volveremos a ser condenados.

Y lo que le dijo a Juan

Ahora mira lo que ocurre setecientos años después. En Apocalipsis 22, Jesús habla y dice que viene pronto, y que benditos son los que obedecen las palabras de la profecía escritas en el libro. Y entonces al ángel se le indica algo: no selles las palabras proféticas de este libro, porque el tiempo está cerca (Apocalipsis 22:10, NTV).

Detente ahí, porque es el contraste más fuerte de los dos libros.

A Daniel le dijo: sella el libro, porque falta mucho tiempo y la gente no lo va a entender. A Juan le dijo lo opuesto: no lo selles, porque el tiempo está cerca. Deja que todo el mundo lo lea, que todo el mundo lo entienda y lo reciba, porque este mensaje es para las iglesias.

¿Y por qué la diferencia? Porque son distintos destinatarios. El mensaje a Daniel era para los judíos. El mensaje a Juan es para las iglesias. Es el mismo personaje, con el mismo mensaje, entregado a dos pueblos distintos y en dos momentos distintos de la historia.

Las dos señales del tiempo del fin

Y aquí está el detalle que muchos pasan por alto. Cuando Jesús le dice a Daniel que selle el libro hasta el tiempo del fin, le da dos características para reconocer ese tiempo: cuando muchos corran de aquí para allá, y cuando el conocimiento aumente.

La primera, el correr. Piensa en el ritmo de vida que llevamos. No es la misma vida de los ochenta o los noventa. En esas épocas la gente trabajaba ocho horas, regresaba a casa, no se traía el trabajo, y le daba tiempo de sentarse a la mesa a cenar con sus hijos. Se relajaban, veían algo en familia y se iban a dormir temprano.

La vida de hoy es estar corriendo desde que te levantas, a ver si te da tiempo de desayunar y si no, en el camino. ¿Cuántos se toman el café en el carro? ¿Cuántos entran corriendo por un hot dog y un café mientras se llena el tanque de gasolina? Sales del trabajo y sigues trabajando en el camino, contestando mensajes, llamando al compañero por el pendiente que dejaste. Están corriendo a tal grado que ni se pueden sentar a cenar con sus hijos. Y son las once de la noche y la persona sigue en el teléfono, con un nivel de estrés como nunca antes se había vivido.

Pero también se puede ver por el otro lado, porque la frase habla de lugares y distancias. Hoy es cuando más se desplaza la gente en la historia. Tengo familia en Ciudad de México que trabaja para empresas de Estados Unidos y vuela continuamente: sale, reporta, y en dos días ya está de regreso. Solo le dice a su familia «ahora vengo, voy a trabajar» — y está del otro lado del planeta, en un país donde se habla otro idioma. Eso no pasaba hace veinte años.

La segunda, el conocimiento. La ciencia ha aumentado a un nivel impresionante. Los Juegos Olímpicos existen desde hace más de dos mil años; ya en tiempos del apóstol Pablo había corredores que se preparaban para la carrera y competencias de lucha entre naciones. Pero nunca como ahora: la semana pasada se llevó a cabo en China la segunda edición de los Juegos Olímpicos de Robots, donde los que compiten son androides.

Yo estaba viendo un video de uno de ellos corriendo a máxima velocidad, hasta que chocó con una pared y se destruyó. Y dije «uy, pobrecito». Después me acordé de que era un robot y no sentía nada. Es difícil para tu cerebro distinguir cuándo es un robot y cuándo es una persona. En otro video, los robots terminan la carrera y hacen lo mismo que los humanos: empiezan a tomar aire como si se hubieran cansado, y uno se tira al piso como descansando. Todo está programado para que lo hagan de esa manera.

No cabe duda de que la gente corre de aquí para allá y de que el conocimiento aumentó. Y esas son precisamente las dos señales que Jesús dio.

El filtro final

Hay una tercera cosa que aparece en los dos capítulos: las personas van a ser filtradas.

Jesús lo dice en Apocalipsis 22 de una manera que incomoda: deja que el malo siga siendo malo, deja que el vil siga siendo vil, deja que el justo siga llevando una vida justa, deja que el santo permanezca santo. Y Daniel dice algo equivalente: mediante las pruebas muchos serán purificados, limpiados y refinados, pero los perversos seguirán en su perversidad y ninguno de ellos entenderá (Daniel 12:10, NTV).

Es la separación del trigo y la cizaña. Y es lo mismo que Jesús le dijo a la última de las siete iglesias, la de Laodicea: o frío o caliente, porque a los tibios no los soporto.

Así que la invitación es una sola palabra: defínete.

Porque no va a haber lugar para quien dice «le pertenezco a Dios, asisto a la iglesia, pero ahora se me apetece darle rienda suelta a mis deseos, me voy a extraviar unas semanas sin que nadie sepa dónde estoy, y luego regreso y doy la imagen de que le pertenezco al Señor otro rato, hasta que me vuelva a picar la cosquilla». A esos se refiere Jesús cuando habla de los tibios.

El trigo y la cizaña se ven iguales

Y aquí está la imagen que quiero que te lleves.

El trigo y la cizaña, en apariencia, son idénticos. Mismo color, misma altura, mismas características. A simple vista es muy difícil saber cuál es cuál. Pero cuando lo abres, el trigo por dentro tiene grano, tiene fruto. La cizaña está hueca. Vacía. Pura apariencia.

Así serán los cristianos del tiempo del fin. Parecerán creyentes verdaderos, se verán bonitos, su matrimonio se verá increíble, pero por dentro no tienen fruto alguno. En cambio el trigo no se preocupa por su apariencia: se preocupa por tener fruto, por estar lleno por dentro, por estar lleno del Espíritu Santo.

En el filtro final saldrán a la luz los que son pura apariencia, y se notará quién sí tiene fruto.

Y si estás pasando por una prueba

Daniel dijo que mediante esas pruebas muchos serían purificados y refinados. Así que si últimamente has pasado por una dificultad económica, emocional, legal o matrimonial, esa dificultad es una prueba para quitarte las impurezas, como el fuego le quita al oro las suyas.

¿Cuáles impurezas? Envidias. Rencores. Deseos de hombres o mujeres que no son tu esposo o tu esposa. Vicios que te tienen atado. La avaricia de querer más y más sin parar, sin saber refrenar el corazón.

La finalidad no es destruirte. Es consagrarte.

No agregar, y no quitar

Y lo último que dijo Jesús fue que nadie le agregue nada a este libro y que nadie le quite nada.

Por eso, como predicador, tengo que tener la capacidad de no agregar nada de lo que a mí se me ocurra, sino predicar el mensaje tal cual Jesús lo dejó escrito.

Ese mensaje fue tan importante que vino a dárselo directamente a Daniel para que lo registrara para los judíos, aunque quedaría sellado por un tiempo. Y fue tan importante que vino también a dárselo a Juan con la instrucción contraria: entrégaselo a las iglesias, háblaselo a todo creyente, no le pongas sello a estas palabras. Todo el mundo tiene que escuchar esto.

Tu tarea de esta semana

Es tiempo de definirse, y es tiempo de consagrarse.

Si por alguna razón has estado dominado por una tentación, un vicio o un deseo que sabes que no te aporta nada, que destruye tu cuerpo, tu hogar o tu matrimonio, y que no le agrada a Dios: este es el momento de dejarlo voluntariamente.

No es complicado. Es llegar a casa y agarrar eso que tenías guardado y botarlo. Es tomar el número de esa persona que te sigue escribiendo y que no es tu esposa o tu esposo, y mandarlo lejos. Hoy.

Y decírselo a él con tus palabras: por mucho tiempo sostuve mi manera de vivir con esto a escondidas. Ya no más. No lo necesito, porque te tengo a ti. Hoy aprendí que soy trigo, que dentro de mí está el Espíritu Santo y que hay fruto en mi interior.

Porque si hace dos mil años Juan ya decía que el tiempo estaba cerca, y han pasado dos mil años, entonces esto ya debe estar a la vuelta de la esquina. Y si estoy viendo cómo la gente corre de un lado a otro y cómo el conocimiento ha aumentado, entonces es tiempo de decidir de qué lado de la balanza me voy a posicionar.

Lo que a Daniel le tocó guardar cerrado, a nosotros nos llegó abierto. Y eso, cuando lo piensas, es un privilegio: estamos escuchando exactamente el mismo mensaje que recibió Daniel y exactamente el mismo que recibió Juan.

Aquí cerramos la serie sobre Daniel y Apocalipsis.

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