Era rico, y no tenía paz. Se subió a un árbol.
Por Pastor Miguel Montoya
Lunes 21 de septiembre de 2026 · 10 min de lectura
Hoy vamos a aprender de otro milagro, y esta vez es el de un hombre que era un ladrón. Había estafado a muchísimas personas y tenía acumulado mucho dinero de tanto que había robado. La Biblia dice que se había enriquecido. Pero el dinero no le pudo dar lo que él buscaba. Era un hombre que no tenía paz, que no tenía tranquilidad, que no se sentía completo. Tenía todo el dinero que te puedas imaginar y no tenía plenitud, no había gozo en su vida, vivía con un disfraz.
Así que cuando se enteró de que Jesús iba a pasar por la aldea donde él vivía, no perdió la oportunidad.
Quién era en realidad
Conviene entender bien a quién estamos viendo, porque casi siempre se lo imagina uno más pequeño de lo que era.
Los romanos dominaban a los judíos en aquella época, y todos los pueblos tenían que pagarle tributo a César. Para eso los romanos tenían gente encargada de colectar esos impuestos. Zaqueo no era una persona detrás de una ventanilla; de esos había muchos. Zaqueo era el jefe de ellos.
Los de ventanilla ya de por sí estafaban. Él era el estafador de los estafadores, así que la ganancia le llegaba mucho más grande. Por eso la Biblia dice que se hizo rico con lo que hacía. Era un jefe importante, y era un hombre del que la gente no se podía librar ni esconder: eran estafados sí o sí.
Y tenía además una limitación física. Dice el texto que trató de mirar a Jesús, pero era de poca estatura y no podía ver por encima de la multitud (Lucas 19:3, NTV).
Piensa en eso un segundo. La semana pasada vimos a una mujer que tuvo que arrastrarse entre la gente para tocar a Jesús. Este hombre tenía el mismo problema desde otro ángulo: una multitud enorme siguiendo a Jesús, y él bajito. Las probabilidades de ser visto eran mínimas.
Pero era un hombre enfocado. Dijo: si Jesús va a pasar por acá, yo me voy a adelantar. Corrió hacia el frente de la multitud, anticipó por dónde iba a pasar, y se subió a un árbol para llamar su atención. Su limitación no le impidió encontrarse con Dios.
Jesús no dio ni una explicación
Cuando Jesús pasó, lo miró, lo llamó por su nombre y le dijo que bajara enseguida, porque ese día iba a hospedarse en su casa. Zaqueo bajó rápidamente y, lleno de entusiasmo y alegría, lo llevó a su casa. Pero la gente estaba disgustada y murmuraba que se había ido a hospedar en la casa de un pecador de mala fama (Lucas 19:5-7, NTV).
Fíjate en el odio que había: no solo criticaban a Zaqueo, sino que hablaban mal de quien se le acercara. En este caso, de Jesús.
Y aquí hay una enseñanza pequeña pero valiosa. Jesús no se detuvo a preguntarle a la multitud por qué lo criticaban. No dijo «oigan, ¿por qué hablan mal de mí?, ¿por qué se quejan de que voy a dormir en casa de un estafador?». No entregó una sola explicación.
Te lo digo porque muchas veces uno se preocupa demasiado por dar explicaciones de lo que está haciendo o de lo que va a dejar de hacer. Yo fui una de esas personas antes de los treinta y cinco años. Me preocupaba tanto lo que los demás dijeran de mí que perdí mucha paz por estar atendiendo opiniones ajenas. Pero cuando maduras, o cuando aprendes de Jesús, te das cuenta de que no tienes por qué darle explicaciones a nadie. Jesús sabía a qué había venido y estaba enfocado en cumplirlo.
Y ahora el detalle que casi nadie nota
Ya en la casa, Zaqueo se puso de pie delante del Señor y dijo que daría la mitad de su riqueza a los pobres, y que si había estafado a alguien con sus impuestos le devolvería cuatro veces más (Lucas 19:8, NTV).
Detente ahí y hazte estas preguntas.
¿Jesús le pidió que devolviera el dinero robado? ¿Lo reprendió? ¿Le reclamó por todo el mal que había hecho? ¿Le exigió que abandonara sus obras?
No. Nada de eso.
La Biblia no dice que Jesús extendiera la mano ni que orara por él. No le pidió cambiar. Jesús, técnicamente, no hizo nada por Zaqueo. Lo que pasó es que Zaqueo tenía convicción de pecado — eso que el Espíritu Santo te dice por dentro, que has hecho algo incorrecto y que no le agrada a Dios. Y sin que nadie se lo pidiera, se confesó y prometió devolver cuatro veces más.
Lo que él hizo, y nosotros no
Te enseño esto porque muchas veces queremos recibir un milagro sin hacer lo que Zaqueo hizo. Y fueron dos cosas.
Primero: corrió y se adelantó. La Biblia dice que Dios habita en medio de las alabanzas de su pueblo. Si sabes que él habita donde se le adora y se le canta, entonces deberías ser como Zaqueo: el primero en correr, estar ahí antes de que suene la primera canción, adelantarte al lugar por donde él va a pasar. Ese es el mejor consejo que te puedo dar para llamar su atención: corre, adelántate, y cántale con todas las fuerzas de tu corazón.
Segundo: reconoció lo que él había hecho. Y presta atención a lo que no hizo, porque ahí está lo difícil. No le reclamó a Jesús por su falta de paz. No culpó a su esposa. No dijo «mira, Jesús, la mujer que me diste es muy ingrata y me hace la vida imposible». No nombró a nadie más. Ni siquiera culpó a la sociedad que lo tenía en mal concepto.
Y la mayoría de nosotros no somos así. La mayoría vive encontrando culpables de sus desgracias.
Yo he atendido a personas en consejería matrimonial, y lo primero que hacen es: pastor, déjeme contarle que mi esposa... Y antes de que alcancen a decir nada de ella, lo primero que les digo es: «No me digas lo que tu esposa hizo. Dime lo que tú has hecho. Háblame de ti. Dime en qué tú has fallado.» Y me responden: no, pero déjeme empezar por lo más importante, pastor, es que esta mujer, usted debería imaginarse cómo es. No. No me interesa cómo es ella. Me interesa cómo eres tú.
Y no es solo de un lado: también llegan mujeres diciendo déjeme contarle, el hombre que tengo en mi casa es un ingrato. Es lo mismo.
Lo que hizo Zaqueo fue lo contrario: fui yo, Señor. Yo me equivoqué. Yo robé, yo estafé. Perdóname. Eso es de valientes. ¿Y sabes qué se necesita para hacerlo? Humildad y sencillez. El arrogante no puede. El orgulloso tampoco.
Y nota una cosa más: Zaqueo era rico, y era humilde. A veces la gente confunde la humildad con el dinero, o piensa que quien tiene dinero no puede ser humilde. Este hombre era rico y fue humilde. Y hay gente muy pobre y tremendamente arrogante, porque la falta de dinero no tiene nada que ver con la humildad.
Las dos cosas que Jesús vino a hacer aquí
En esta historia se ven dos de las tareas que Jesús dijo que venía a cumplir.
La primera: manifestar paternidad. Acuérdate de la semana pasada. Cuando la mujer confesó que había sido ella quien lo tocó, Jesús no la condenó ni la regañó: le dijo «hija». Y con esa sola palabra le cambió la identidad, porque esa mujer era conocida por todos como la enferma, la impura, la rechazada.
Con Zaqueo hizo exactamente lo mismo. La gente lo identificaba como el peor estafador. Y Jesús dijo: este es un hijo de Abraham. Es decir: este no es un estafador de mala fama como ustedes creen. Este es un hijo de Dios.
La segunda: destruir las obras del enemigo. Y la Biblia lo dice con todas las letras: cuando alguien sigue pecando demuestra que pertenece al enemigo, que peca desde el principio; pero el Hijo de Dios vino para destruir las obras del enemigo (1 Juan 3:8, NTV).
Cuando Zaqueo confesó, estaba haciendo algo con mucho más poder del que parece: le estaba quitando al enemigo el derecho que él mismo le había dado sobre su vida.
Piénsalo. ¿Por qué no tenía paz? ¿Por qué era infeliz teniéndolo todo? Porque el enemigo estaba destruyendo su calidad de vida por dentro. ¿Y por qué podía hacerlo? Porque Zaqueo le había dado derecho robando, estafando, haciendo lo que sabía que no debía hacer. Cuando cometemos algo que a Dios no le agrada, le entregamos una llave que abre la puerta de nuestra vida, y entonces él empieza a hacer su obra.
Lo que Zaqueo hizo fue quitarle esa llave.
¿Y cuál le hemos entregado nosotros?
Ahí está la pregunta. ¿En qué área le hemos dado derecho?
Porque hay personas convencidas de que no le hacen daño a nadie, de que ellas están bien. Y esas personas —aun habiendo hecho algo mal— no pueden encontrarse con Jesús.
Imagínate que Zaqueo se hubiera bajado del árbol y le hubiera dicho: yo estoy bien, no sé por qué no tengo paz, porque yo me he portado bien y no le he hecho daño a nadie. ¿Puedes hacer algo por mí? Jesús no habría podido hacer nada.
Hay quien está durmiendo en la cama de alguien que no es su esposo o su esposa y piensa: pero no le he hecho daño a nadie, no estoy abusando de nadie. Y sí: te estás faltando el respeto a tu propia dignidad y estás pisoteando lo que Dios dejó escrito.
Porque Jesús dijo que vino a buscar y a salvar a los que están perdidos. Y una persona que cree que no ha hecho nada malo cree que no está perdida. Esa persona no puede recibir ayuda. Solo el que dice Señor, yo reconozco lo que he hecho es al que Jesús viene a buscar.
Tú sabes lo que has hecho. Tú sabes qué es eso que no le agrada a Dios, aunque a ti te agrade. Dios ya te lo dijo, y el Espíritu Santo ya te lo manifestó por dentro. Lo que te toca a ti es bajar del árbol con sencillez y decirle: Señor, esto es lo que he practicado. Esto es lo que yo he hecho.
Tu tarea de esta semana
Deja de buscar culpables. Deja de culpar a tu esposa. Deja de culpar a tu exesposo por tu desgracia. Deja de culpar a quien te traicionó por la amargura que cargas, o a quien te abandonó a mitad del camino por la condición en que estás hoy.
Y haz las dos cosas que hizo Zaqueo.
Adelántate. Corre a buscarlo, muéstrale sed y desesperación por su presencia, llega antes de que empiece.
Y confiesa. Sin nombrar a nadie más, sin señalar a nadie, sin hablar mal de nadie. Solo lo tuyo: un día practiqué esto. Un día hice lo que no debía. Tenías derecho de entrar en mi vida, pero hoy te quito ese derecho. Hoy recibo el perdón de Jesús.
Porque a Zaqueo nadie le pidió que cambiara. Él lo decidió solo. Y esa misma noche Jesús durmió en su casa.


