Jesús iba por otra persona. Ella igual lo tocó. 0%
Jesús iba por otra persona. Ella igual lo tocó.

Jesús iba por otra persona. Ella igual lo tocó.

Por Pastor Miguel Montoya
Martes 15 de septiembre de 2026 · 9 min de lectura

Antes de entrar al pasaje, quiero situarte en lo que estaba pasando ese día, porque cambia cómo se lee todo.

Jesús está en medio de una aldea llena de gente. Eran tantos que la Biblia usa una palabra muy específica para describirlo: dice que lo apretujaban. Y en medio de eso llega un mensajero de la casa de un hombre importante llamado Jairo: su hija está agonizando, y le pide que venga a orar por ella. Jesús le dice que sí y sale con él.

Pero fíjate lo que estaba pasando en el camino. Mientras Jesús se dirigía a sanar a una niña, una mujer aprovechó y dijo: yo también quiero ser sana. Y arrebató su milagro, aunque Jesús iba para otro lado.

Dice la Biblia que esa mujer hacía doce años que sufría una hemorragia continua, que había sufrido mucho con varios médicos y que a lo largo de los años había gastado todo lo que tenía para poder pagarles, pero nunca mejoró; de hecho, se puso peor. Ella había oído de Jesús, así que se le acercó por detrás entre la multitud y tocó su túnica, pues pensó: si tan solo tocara su túnica, quedaré sana. Y al instante la hemorragia se detuvo (Marcos 5:25-29, NTV).

Ese milagro nos enseña tres cosas, y las tres son pasos que nosotros también podemos seguir.

Uno: creer no es suficiente

Esta mujer pensó que si tocaba la vestimenta de Jesús se iba a sanar. A eso, precisamente, le llamamos fe: creer que algo va a pasar aunque todavía no ha pasado. Tener la seguridad, la certeza de que va a ocurrir.

Y aquí está lo importante: una cosa es tener fe y otra distinta es manifestarla.

Todos tenemos fe. La Biblia dice que Dios a todos nos ha dado una medida; unos tendrán más y otros menos, pero a todos se nos dio. El problema es que puede haber personas con fe que no reciban nada, porque esta mujer no se quedó solo creyendo que Jesús podía sanarla: fue a hacer lo que su fe le decía que hiciera. La Biblia lo dice sin rodeos: la fe sin obras está muerta, no sirve para nada.

De nada sirve decir «creo en Dios» y no ir a la iglesia. Allá afuera, en la calle, vas a encontrar muchísima gente que te dice que cree en Dios y que cree en la Biblia. Pero una cosa es creer y otra es accionarlo.

De nada sirve decir «pongo a Dios en primer lugar» cuando en la práctica está en el último lugar de la lista. Para la mayoría, la primera prioridad es el trabajo — y trabajar no tiene nada de malo, el sustento hace falta. Lo malo es que esté ocupando el lugar que le corresponde a Dios. Y hay quienes están peor todavía, porque su prioridad es el vicio que disfrutan: si lo primero de alguien es el bar, la bebida o el cigarro, esa persona va camino a la ruina.

Y si esto te sirve como consejo: si hay un muchacho o una muchacha que te llama la atención y te palpita el corazón, y piensas «yo creo que ella podría ser mi esposa», pero no te acercas ni a preguntarle el nombre — esa fe está muerta. ¿Qué tendrías que hacer? Correr los riesgos, igual que los corrió esta mujer. ¿Que te puede rechazar? ¿Que te puede decir que ya tiene novio? Sí, todo eso. Pero eso es la fe: creer, y actuar en lo que crees.

Los riesgos que corrió

Y a ella no le fue fácil. Tuvo que abrirse camino, y lo más probable es que casi todos los que rodeaban a Jesús fueran hombres, incluidos sus discípulos. Seguro jaló de la ropa a dos o tres para poder avanzar, y cuando no pudo con alguno, se fue por abajo. Seguro se arrastró.

Pero tenía un deseo tan intenso, una fe tan fuerte, que se propuso conseguir en un momento lo que no había conseguido en doce años con médicos. Voy a tocar a ese hombre. Y el camino dejó de ser un obstáculo.

Y había algo más grave. Existía una ley del Antiguo Testamento según la cual las mujeres en su periodo debían apartarse de la sociedad y no acercarse a nadie. Era por salud y por higiene — en aquella época no había antisépticos como hoy, y Dios lo estableció para protegerla a ella y para proteger a los demás.

Pero esta mujer llevaba doce años con ese flujo. Así que al acercarse estaba rompiendo las reglas y pasando por encima de la ley. Y lo más pesado de todo: a las mujeres en esa condición el texto las describía con una palabra — impuras. No podían acercarse a nadie, mucho menos a Jesús, que es cien por ciento puro y cien por ciento santo.

Corrió el riesgo de ser descubierta y castigada. Por eso, cuando Jesús pregunta quién lo tocó, ella estaba temblando de miedo.

Dos: tocarlo no es un contacto físico

Jesús sintió que había salido poder de él, se dio vuelta y preguntó en voz alta: ¿quién tocó mi túnica? Y los discípulos no entendieron nada: maestro, mira la multitud que te apretuja por todos lados, ¿cómo preguntas quién te tocó?

Pero él no se refería al contacto físico. Se refería a quién había tocado su corazón.

Y eso sí lo podemos hacer nosotros hoy. Hay varias maneras, y te cuento las mías.

Una de mis favoritas es cuando salgo a caminar al parque. Me gusta ir, desconectarme del teléfono, no traer nada sonando, y solo caminar respirando aire fresco mientras hablo con Dios y le digo cómo me siento. Es una de las maneras en que yo lo toco, y sé que a él le agrada.

Otra es cuando le hablas sinceramente: mira, Dios, he hecho esto que es incorrecto, he hecho esto que es indebido, pero vengo a pedirte perdón, y soy consciente de que no te agrada. Cuando eres sincero con él, estás tocando su corazón.

En una ocasión le dije: voy a apartar tres días, me voy a alejar de la comida, de los teléfonos y de mi familia, y me voy a encerrar. Solo tú, la Biblia y yo. Quiero hablar contigo. Esa también es una manera.

Y otra más: Señor, te voy a escribir una carta. Escribirle todo lo que piensas de él, lo que sientes, en qué te ha ayudado, y agradecerle por lo que ha hecho en tu vida. Hacerle una carta a Jesús es tocar su corazón.

Hay muchas maneras. Lo que te toca a ti es ser creativo y pensar cuál es la tuya.

Tres: nunca vas a estar demasiado sucio

Esta mujer tenía en contra las leyes y las reglas de su época. Todo lo que ella sabía sobre reglamentos era que estaba impura. Eso era lo único que conocía. Y aun así se acercó.

Te lo digo por lo siguiente: la mayoría de nosotros creemos que no somos dignos. Que estamos sucios. Que Jesús está listo para responderles a otros — a los que se portan bien, a los que se sientan hasta adelante. Jesús solo escucha a los pastores y a los líderes, porque ellos sí leen la Biblia.

Y muchas veces también tenemos en contra esa voz que nos dice: tú estás sucio, ¿cómo se te ocurre pedirle algo a Dios? Él no te va a escuchar. Te has portado mal mucho tiempo. Lo que tú mereces es castigo.

Lo que quiero es que venzas ese pensamiento, como ella lo venció. No importa si las reglas están en mi contra. No importa si no estoy puro. No importa lo que los demás digan o piensen de mí. Yo me voy a acercar y lo voy a tocar.

Y mira cómo respondió él

A ella no le quedó más remedio que exponerse delante de todo el mundo. Se acercó asustada y temblando, se arrodilló y le confesó lo que había hecho.

Y en lugar de castigarla, en lugar de regañarla, en lugar de decirle «¿cómo se te ocurre tocarme, si tú estás sucia y yo soy puro?», en lugar de condenarla — lo primero que hizo fue afirmarla.

Le dijo: hija.

Eso fue lo primero. Has llegado con tu padre; tú eres mi hija. Y después: tu fe te ha sanado, ve en paz, se acabó tu sufrimiento (Marcos 5:34, NTV).

Nunca vas a ser lo suficientemente sucio para que él te rechace.

Y hay un último detalle que no quiero que se te pase. Jesús no iba por ella. Iba camino a la casa de una niña, por una petición que le habían hecho otras personas. Ella no estaba en el plan de ese día.

Y aun así no la rechazó. Eso nos enseña algo poderoso: Jesús no rechaza a nadie que venga a buscarlo.

Tu tarea de esta semana

Todos necesitamos una oración. Todos tenemos una necesidad que estamos atravesando, sin importar el estado civil, ni el dinero que haya en la cuenta, ni el país de donde venimos.

Así que la pregunta de la semana es esta: ¿qué estás dispuesto a hacer para llamar su atención?

Sé creativo. Sal a caminar sin el teléfono y háblale en voz alta. Aparta un tiempo que antes no le dabas. Escríbele esa carta. Dile con nombre lo que has hecho y pídele perdón. Lee la Biblia hoy, aunque antes no lo hicieras.

Y después dile con claridad cuál es tu causa — la de tu cuerpo, la de tus finanzas, la de tu trabajo inestable, la de tu matrimonio que se está desmoronando, la de tus hijos.

Porque ahorita, si estás leyendo esto, ya crees. Si no creyeras, no estarías aquí. Pero creer no basta. Hay que abrirse camino.

Comparte esto con alguien

Mira el mensaje completo

Más para leer

Te esperamos

Vívelo con nosotros

Planifica tu visita