Hay dolores para los que no existe una pastilla
Por Pastor Miguel Montoya
Lunes 7 de septiembre de 2026 · 11 min de lectura
Cerramos la serie de profecías y empezamos otra, más hacia dentro: tiene que ver con el alma, con el espíritu, con lo que Jesucristo vino a hacer aquí. Y arranco con una pregunta. ¿Por qué muchas veces pensamos que la obra de Jesús se limita a la salvación?
Pensar que él vino solo a salvar a los que estaban perdidos es una mirada reduccionista, muy simple. Y no es que la salvación no importe: es la columna principal, y cuando él vino a morir en la cruz lo hizo para salvar a la humanidad de la condenación eterna y darnos acceso a la vida eterna. Pero eso es una parte de las tareas que vino a cumplir.
En muchas iglesias, muchos líderes y muchos predicadores se limitan a enseñar eso. Y en las próximas semanas vamos a ver, con la Biblia, cuáles fueron las otras asignaciones — prestando atención específicamente a las ocasiones en las que él dijo: a esto ha venido el Hijo del Hombre. Porque si él mismo usó esa expresión, hay que poner atención a de qué tarea estaba hablando.
La mirada que atraviesa
Dice la Biblia que Jesús recorrió todas las ciudades y aldeas de esa región, enseñando en las sinagogas y anunciando la buena noticia acerca del reino, y que sanaba toda clase de enfermedades y dolencias. Y que cuando vio a las multitudes les tuvo compasión, porque estaban confundidas y desamparadas como ovejas sin pastor (Mateo 9:35-36, NTV).
Vamos por partes, porque cada pieza de ahí importa.
Jesús tiene una capacidad de observación muy profunda. Nota detalles. No ve solo la apariencia de las personas: su mirada penetra las profundidades del corazón.
Piensa en la tecnología que usan en las fronteras para revisar los camiones que quieren ingresar. El inspector, desde su oficina, en su computadora, puede escanear el interior del tráiler completo: puede ver si hay mercancía no documentada, si hay algún paquete extraño acomodado en un lugar donde no debería estar.
Así es la mirada de Jesús. Ahí hay algo que no debería estar. Ahí hay un bulto que le está estorbando a esta persona. Y lo que la Biblia describe cuando lo pone recorriendo las aldeas es exactamente eso: estaba haciendo una inspección.
Enfermedades y dolencias no son lo mismo
Lo primero que hace es meterse a las sinagogas a enseñar. Habla de las buenas noticias — y cada vez que leas «evangelio» o «buenas noticias» en la Biblia, de lo que se está hablando es de salvación. Esa es la primera columna: la salvación se enseña, se explica, y cuando las personas la entienden se apropian de ella.
Pero después dice que sanaba enfermedades, y eso es específico: las enfermedades tienen que ver con el cuerpo.
Y todavía dice algo más: que sanaba enfermedades y dolencias. Fíjate, porque ahí está la clave. Cuando una enfermedad es sanada, se supone que ya no debe haber más dolor. Entonces, ¿qué son las dolencias?
Son esas heridas que están en el corazón. Esas para las que no existen píldoras, recetas ni medicamentos. Esos dolores que no puedes atender en una clínica, con los que no puedes ir a un hospital.
El dolor de una mujer que enviudó después de cincuenta años compartiendo la misma cama, y que extraña los cafés de la mañana con quien siempre los tomó — que extraña la compañía, los diálogos, las pláticas. Ese es un dolor del alma.
El dolor de una madre que ha perdido a su hijo.
El dolor de un joven que estaba listo para entregar el anillo de compromiso y escuchó: no te confundas, solo me gustas como amigo.
Jesús andaba por las aldeas observando el rostro de las personas. Al que estaba enfermo lo sanaba, y al que tenía un dolor del alma también le traía sanidad.
Ovejas sin pastor
Y ahora la frase con la que resumió lo que veía: estaban como ovejas sin pastor.
¿Sabes cómo es una oveja sin pastor? Cuando se sale de la manada está en peligro total, pero ella no lo mide. No sabe cuán peligroso es estar sola. Fue diseñada para vivir en manada y para tener un guía. No sabe calcular riesgos: si se desvía un rato, no tiene idea de qué depredadores están tratando de comérsela.
Así definió Jesús a las multitudes. No saben el peligro que corren. Están desorientadas, desamparadas, confundidas. Ese fue su diagnóstico.
Y no hemos cambiado en dos mil años. Seguimos con los mismos problemas sociales. La infidelidad no se ha superado: no es algo que hacían los de las cavernas hace tres mil años, la siguen practicando los de 2026. Seguro que mientras Jesús hacía esa inspección observó a la mujer traicionada, a la que su esposo había desamparado. Y seguro vio al hombre con el rostro hecho pedazos, con la identidad pisoteada.
Entonces, limitar la obra de Jesús a la salvación es pensar muy poco de él. Es pensar que solo puede salvar y nada más.
La lista completa, en su propia voz
Lee cómo lo resumió él mismo: el Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos (Lucas 4:18).
Todo eso en un solo versículo. Y aquí está lo que quiero que veas: hay personas que no solamente necesitan la salvación. Necesitan más. Si Jesús hubiera venido solo para que pudiéramos ir al cielo, su obra estaría incompleta.
Y aquí una mentira que hay que romper
Yo he escuchado a personas decir: a la tierra venimos a sufrir, y la recompensa estará en el cielo. Cuando alguien dice algo así, en mi mente aparece un tache grueso, rojo, y un sonido de «reprobado».
Eso es mentira total. ¿Quién te hizo creer que a la tierra venimos a sufrir? Hay gente convencida de que el sufrimiento es algo que simplemente hay que aceptar, que a eso venimos, y que las recompensas vendrán después. Eso no es lo que dice la Biblia.
¿Te acuerdas de otra de esas ocasiones en que Jesús dijo «a eso yo he venido»? Dijo: yo he venido para que tengan vida. ¿Y que la tengan cómo, en sufrimiento, en tragedia y en tristeza? No. Dijo: vida, y vida en abundancia.
Algunos han aceptado que a esto vinieron: a ser infelices, a aguantar al esposo maltratador que les tocó porque están pagando una condena. Eso no es de Dios. Y hasta que no rechaces esas mentiras que has aceptado en tu mente, no vas a poder ver la obra completa de Jesús realizada en tu vida.
La señora del estacionamiento
Hace unos días yo estaba en un estacionamiento y se acercó una señora con una hielera con ruedas, y sacó sus productos para ofrecérmelos.
En cuestión de milisegundos mi cerebro hizo un análisis. El rostro de ella reflejaba tanta tristeza. Los ojos apagados, el rostro decaído. Y calculé las fechas: principio de mes, tiempo de renta. Probablemente ella tenga que vender para poder completarla. Tal vez su esposo está trabajando duro, partiéndose, y no les alcanza para comida, renta y servicios a la vez.
Y quiero aclarar algo, porque no tiene nada de sobrenatural: yo no tengo espíritu de adivinación, no leo la mano ni el tarot ni nada de eso. No se necesita nada de eso para ver cuando una persona refleja tanta tristeza en el rostro. Creo que todos lo hemos podido hacer en algún momento.
Y esa es justamente la cuestión: si nosotros alcanzamos a ver eso, imagínate lo que ve él.
Los que tienen dinero también estaban desamparados
Fíjate en un detalle del versículo. La Biblia no dice que solo los pobres estaban desamparados. Dice que las multitudes — y a Jesús lo seguía también gente adinerada.
Una oración la necesita la señora que viene jalando sus productos en una hielera, y la necesita igual la persona cuya cuenta de banco tiene muchos ceros y tiene activos ganando en la bolsa, pero está preocupada porque sus propiedades pueden perder valor en cualquier momento, o porque una demanda puede despojarla de todo en un instante. Y la necesita la persona que tiene mucho dinero pero que en su casa no se pueden quitar los guantes de pelea con su esposa.
Los problemas de uno no son iguales a los de otro. Pero todos necesitamos de Jesús.
Y a eso vino: a cubrir las necesidades que no pueden ser cubiertas aquí. Porque piénsalo, ¿por qué Jesús no se presentó como un buen contador para tu empresa? Porque contadores hay muchos. Si tienes un problema de números, eso se resuelve sentándote con un contador. Él vino a lo otro: a sanar al quebrantado de corazón y a poner en libertad al cautivo.
Y también hay cautivos dentro de la iglesia
Suena bonito cuando lo leemos, pero pocas veces nos preguntamos qué significa. Muchos piensan que ellos, porque van a la iglesia, no están cautivos de nada; que ese versículo es para el que está tirado debajo de un puente.
Estar cautivo significa estar prisionero, atado, encadenado. ¿A qué? A muchas cosas.
Hay personas atadas a la depresión, y no es que no les guste salir ni que no quieran que alguien venga a hablar con ellas: es que la atadura es tan profunda que ni ánimo tienen de salir a ningún lugar.
Hay personas que ya no beben porque les guste, sino porque el cuerpo se lo está pidiendo. Están desesperadas por el próximo trago, por la próxima inhalación.
Y hay gente atada a la amargura que asiste a la iglesia y no soporta ver que a alguien le vaya bien, que a alguien le vaya prosperando, porque le arde. Está atada — y no se da cuenta.
A él no se le escapa nadie
Somos expertos en cubrir dolores, en no hablar de lo que nos lastima, en aparentar ser fuertes. Pero a él no lo engañamos.
Acuérdate de la mujer que pensó que no se iba a dar cuenta. Le pidió agua y él le preguntó por su esposo. No tengo, dijo ella. Y él le respondió: bien has dicho, porque con el que estás no es tu esposo, y los otros que tuviste tampoco lo eran.
O de lo que Dios le dijo al profeta Samuel cuando iba a ungir a uno de los hijos de Isaí: que los hombres ven la apariencia, pero Dios ve las profundidades del corazón.
Y él conoce el tuyo. Sabe cuánto te dolió que te traicionaran. Sabe cuánto te dolió que hablaran mal de ti a tus espaldas. Sabe cuánto te dolió el rechazo de tu padre o de tu madre cuando se enfocaron en el hijo favorito, cuando eras niño y no sabías cómo expresarlo pero sentías que por ti no sentían lo mismo.
Todos esos dolores del alma se cargan como bultos aquí, en el corazón. Y muchas veces somos ciegos a esas heridas: ni sabemos que existen. Y como hay heridas, terminamos hiriendo a las personas que se nos acercan, incluso a nuestros hijos.
Tu tarea de esta semana
Dos cosas, y las dos son sencillas.
La primera: sé sincero e identifica tu área. Dile a Dios con nombre: necesito una oración en esta área de mi vida. Puede ser tus finanzas. Puede ser tu matrimonio. Puede ser algo que está pasando con tus hijos. Puede ser el trabajo — tal vez llevas semanas sin empleo, y no es que no quieras trabajar, es que has buscado y no se te ha dado la oportunidad. Identifica cuál es.
La segunda: ayuna. Y no necesariamente de comida. Puedes ayunar de redes sociales, de tecnología, de crítica, de chisme. Así que cuando alguien venga a traerte un rumor, dile: mi amor, no me arrastres a ese terreno, hoy estoy ayunando de crítica; guárdame el chisme para el martes.
Porque se ayuna de las tres cosas. Cuando dejas de comer, ayuna el cuerpo. Cuando dejas de criticar, de mentir y de entrometerte en chismes, ayuna el alma. Y cuando en lugar de comida comes pan de vida —lees la Biblia, escuchas la palabra— ayuna el espíritu. Si tienes alguna condición médica que te obligue a comer a ciertas horas, no ayunes de alimento sin el consentimiento de tu médico; ayuna de lo otro.
Y hazlo con este propósito: que él te dé sensibilidad para saber en qué área lo necesitas, y sinceridad suficiente para abrirle el corazón.
Porque tratar de ocultarle algo a Dios es inútil. Estamos hablando con el dueño del universo, el que tiene una mirada tan penetrante que ningún corazón se le escapa.
En las próximas semanas seguimos con las otras tareas que Jesús dijo que vino a cumplir.


