El rey tuvo 12 meses para cambiar. No los usó. 0%
El rey tuvo 12 meses para cambiar. No los usó.

El rey tuvo 12 meses para cambiar. No los usó.

Por Pastor Miguel Montoya
Domingo 19 de julio de 2026 · 6 min de lectura

Nabucodonosor volvió a soñar, y otra vez sus magos no pudieron descifrarlo. Había visto un árbol que crecía desde el centro de la tierra hasta tocar el cielo, tan frondoso y tan lleno de fruto que las aves anidaban en sus ramas y los animales salvajes se echaban bajo su sombra. Y después bajaba un mensajero del cielo con una orden: talen el árbol. Pero dejen el tocón en la tierra, sujeto con hierro y bronce, y no toquen las raíces.

Cuando llamaron a Daniel, pasó algo poco común: Daniel se quedó callado un rato. El texto dice que quedó agobiado, atemorizado por lo que significaba, y que empezó diciéndole al rey que ojalá ese sueño fuera para sus enemigos y no para él (Daniel 4:19, NTV). Es un detalle que dice mucho de Daniel: no le dio gusto ser el portador. Pero se lo dijo completo.

El árbol era el rey. Y lo que venía era que lo iban a apartar de la sociedad humana hasta que reconociera que el Altísimo es quien gobierna los reinos y los entrega a quien él elige. El tocón que se quedaba en la tierra significaba que después le devolverían el reino, una vez que reconociera que es el cielo el que gobierna.

El consejo que nadie quiso escuchar

Y entonces Daniel hizo algo que no le pedían: le dio un consejo. Está en Daniel 4:27 (NTV), y son cuatro cosas nada más. Deje de pecar. Haga lo correcto. Apártese de su perverso pasado. Sea compasivo con los pobres. Y cierra con una palabra que vale la pena notar: «quizá, entonces, pueda seguir prosperando».

Cuatro instrucciones. Ninguna complicada de entender.

Pasaron doce meses. Un año entero en el que nada ocurrió, y Nabucodonosor no cambió nada. Hasta que una tarde salió a caminar por la terraza de su palacio, contempló la ciudad y dijo: miren esta grandiosa Babilonia, que edifiqué yo con mi gran poder para desplegar mi esplendor. La Biblia dice que mientras esas palabras todavía estaban en su boca, se oyó la voz desde el cielo.

Vale la pena entender qué estaba mirando desde esa terraza, porque no era poca cosa. Babilonia estaba en lo que hoy es Irak: desierto, roca, tierra amarilla. Y ese hombre había mandado construir jardines colgantes con un sistema hidráulico capaz de subir agua contra la gravedad, en una época sin la ingeniería para hacerlo en ningún otro lugar del mundo. Se despertaba y veía vegetación imposible. Era una manera de decirle al planeta quién era él.

El poder siempre termina buscando cosas así. Pablo Escobar mandó traer hipopótamos desde África para pasearlos por su finca en Colombia, animales que no tenían nada que hacer ahí y cuyos descendientes siguen dando problemas hoy. Nabucodonosor hizo lo mismo con plantas, dos mil quinientos años antes. Lo que no reconoció nunca fue de dónde había salido el poder para hacerlo.

Todos tenemos un poco de Nabucodonosor

Y aquí es donde esta historia deja de ser sobre un rey muerto.

Porque lo que hizo Nabucodonosor durante esos doce meses es exactamente lo que hacemos nosotros: quedarnos solo con el mensaje que nos conviene. Cuando la prédica habla de bendición, de crecimiento, de que Dios va a proveer, levantamos la mano y decimos amén, esto es para mí. Cuando el mensaje corrige, incomoda o confronta, de repente el mensaje ya no era para nosotros. Era para el esposo, para la hermana, para la mamá. Le ponemos el sombrero a otro.

Pasa igual en la consejería. «¿Por qué usted no cumple su rol?» «Porque ella empezó.» «¿Por qué le falta el respeto a su esposo?» «Porque él lo hizo primero.» Siempre hay alguien más a quien le queda mejor el mensaje.

Y hay algo más que conviene aclarar, porque casi todos lo tenemos al revés. La arrogancia no se mide por el dinero. Hay gente convencida de ser humilde porque no le alcanza para la renta, y eso no tiene nada que ver. Se puede estar quebrado y ser tan arrogante que cueste aceptar la ayuda de alguien. Se puede no tener nada y sentirse con derecho a darse un permiso que uno sabe que no le corresponde. Es la misma actitud del rey en la terraza, solo sin el palacio.

El tocón

La historia no termina en el campo. Nabucodonosor levantó los ojos al cielo, recobró la razón, y lo primero que hizo fue reconocer a Dios. Le devolvieron el trono con más honra que antes, y el capítulo cierra con él mismo escribiendo que Dios es capaz de humillar al soberbio (Daniel 4:37, NTV). Murió sentado en su trono, rodeado de sus sabios, con todo su oro. Volvió con lo mismo que tenía. Pero volvió otro.

Por eso el mensajero del sueño dijo que dejaran el tocón y no cortaran las raíces. Talar no era destruir. Era quitarle al árbol la altura que se había atribuido a sí mismo.

Y lo digo desde mi propia experiencia. En medio de un accidente, sentado con la ropa rota y los huesos rotos, volteé a ver al cielo y descubrí que en ese momento nada de lo que más amo tenía importancia. Ni el ministerio, que amo con toda mi fuerza. Ni yo mismo. Solo Dios. Y por eso te digo: no esperes a un momento así para hacer la misma cuenta.

Tu tarea de esta semana

Nabucodonosor tuvo doce meses de aviso y prefirió esperar hasta que le doliera. Casi nadie cambia por un consejo; la mayoría cambia por un proceso. Pero no tiene que ser así.

Así que la pregunta es incómoda a propósito: ¿cuál es el mensaje que ya te dieron y sigues vistiendo a otra persona con él?

Ya lo sabes. Te lo dijo alguien que te quiere, o el terapeuta, o tu líder, o lo leíste en la Biblia y cambiaste de página. Nadie te tiene que traer información nueva.

Deja de esperar los doce meses.

El próximo domingo, Daniel 5: el rey que vino después y la escritura en la pared.

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