Su abuelo tuvo 12 meses. Él no tuvo ni una noche.
Por Pastor Miguel Montoya
Domingo 26 de julio de 2026 · 6 min de lectura
Los medos y los persas llevaban tiempo acampados alrededor de Babilonia, y Belsasar decidió dar una fiesta.
No era imprudencia sin fundamento. Su abuelo había diseñado esa ciudad para no tener que salir nunca: murallas dobles, altísimas y de un grosor que ningún ejército había logrado atravesar, un anillo de agua alrededor, almacenes con comida para meses y el río Éufrates cruzando la ciudad por el medio para que nunca faltara agua. Babilonia era, hasta esa noche, una ciudad que no se podía tomar. Así que el rey mandó llamar a mil de sus nobles, con sus esposas y sus concubinas, y se pusieron a beber mientras el enemigo esperaba afuera.
Y en algún momento de la noche se le ocurrió algo más. Mandó traer las copas de oro y plata que su abuelo había sacado del templo de Jerusalén (Daniel 5:2, NTV). Utensilios apartados exclusivamente para la adoración al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Bebieron en ellas mientras rendían culto a sus ídolos de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra.
Ahí está el punto de todo el capítulo. No fue el vino, ni la fiesta, ni la arrogancia militar. Fue tomar algo sagrado y usarlo como si fuera cualquier cosa.
La mano
Entonces aparecieron los dedos de una mano escribiendo en la pared blanqueada del palacio, junto al candelabro. El texto describe la reacción del rey con una precisión brutal: se puso pálido, le temblaron las rodillas y se le aflojaron las piernas (Daniel 5:6, NTV). Llamó a gritos a todos sus sabios y ninguno pudo leer lo que estaba escrito. Fue la reina madre la que se acordó de que había un hombre que sí podía, uno que había servido a Nabucodonosor.
Daniel ya tenía cerca de ochenta años. Llevaba media vida en ese palacio. Y cuando el rey le ofreció manto de púrpura, cadena de oro y el tercer puesto del reino, respondió algo que vale la pena leer despacio: guarde sus regalos o déselos a otro, igual le diré lo que significa (Daniel 5:17, NTV).
Es la misma lógica de Babilonia desde el capítulo uno: te doy cosas y tú te rindes. Y sigue funcionando igual. Todavía hay mucha gente convencida de que su valor está en el tamaño de la casa o en el carro que maneja. Daniel a los ochenta años ya no tenía esa duda: su provisión no venía del reino donde trabajaba.
Contado, pesado, dividido
Cuatro palabras había en la pared: Mene, Mene, Tekel, Parsin. Contado, pesado, dividido. Dios ha contado los días de su reinado y le ha puesto fin; usted fue pesado en la balanza y no dio la medida; su reino ha sido dividido y entregado a los medos y a los persas (Daniel 5:26-28, NTV).
Y fíjate en el detalle, porque es de una ironía perfecta. Ese rey se pasaba la vida midiendo, pesando y dividiendo oro. Era su vocabulario diario, lo que hacía en las bodegas del palacio con las toneladas que su abuelo había acumulado. Dios le habló en el único idioma que él dominaba de verdad, y le aplicó a él la balanza que él usaba con el metal.
Antes de eso, Daniel le dijo la frase más incómoda de todo el capítulo: usted sabía todo esto y aun así no se ha humillado (Daniel 5:22, NTV). Ahí está la diferencia con su abuelo. Nabucodonosor no conocía al Dios de Israel y recibió doce meses de gracia para corregir. Belsasar creció escuchando lo que le había pasado al abuelo, lo supo todo el reino, y aun así usó las copas. No recibió doce meses. Esa misma noche murió.
Lo que ya estaba escrito
Y aquí viene la parte que da escalofríos.
Ciento cincuenta años antes de esa noche, y antes de que Ciro naciera, el profeta Isaías había escrito el nombre de ese rey. En Isaías 44:26-28 (NTV) Dios anuncia que Jerusalén volverá a ser habitada, que dirá a los ríos «¡séquense!» y se secarán, y que de Ciro dirá: él es mi pastor, y ordenará reconstruir Jerusalén y restaurar el templo.
Los soldados de Ciro no tocaron un solo ladrillo de esas murallas invencibles. Unos kilómetros antes de la ciudad se pusieron a excavar y desviaron el cauce del Éufrates. Cuando el río se secó, entraron caminando por el lecho, por debajo de las defensas, por el único lugar que nadie vigilaba porque a nadie se le había ocurrido que un río se pudiera mover.
Y después Ciro hizo lo otro que estaba escrito: protegió a los judíos, les devolvió los utensilios del templo y los mandó de vuelta a Jerusalén a reconstruirlo. Todavía hoy existe un cilindro de barro conocido como el Cilindro de Ciro, donde queda registrada su política con los pueblos que gobernaba. Hay quien lo llama el primer documento de derechos humanos de la historia.
Profanar
La palabra que usa el texto hebreo es jalal, y significa algo muy específico: tratar como común lo que es sagrado. No destruirlo. No atacarlo. Solo bajarlo de categoría y usarlo para cualquier cosa.
Belsasar no rompió las copas. Bebió en ellas.
Y por eso esta historia no es sobre un rey. El matrimonio es sagrado, y se profana con un mensaje de texto que no deberías estar escribiendo. Tu palabra es sagrada, y se profana cada vez que la usas para salir de un apuro. Tu cuerpo es sagrado, y se profana cuando lo tratas como si no fuera de nadie. Nada de eso se rompe de golpe. Solo se va volviendo normal.
Tu tarea de esta semana
Nombra una cosa en tu vida que era sagrada y que ya se te volvió común. Una sola. La primera que te vino a la mente cuando leíste eso, no la segunda.
Y devuélvela a su lugar esta semana. No el mes que viene.
Porque Belsasar no perdió el reino la noche de la fiesta. Lo perdió el día en que las copas del templo le empezaron a parecer copas normales.
El próximo domingo, Daniel 6: el foso de los leones.


